Amábamos la literatura y todas
soñábamos con ser la Maga, la Vèra, la Bruja, la Virginia, con ser salvadoras o
trágicas, recordables, dejar huellas, ser únicas, especiales, merecedoras del
amor de un sátiro, un amor tumultuoso e inconstante, rabioso, extraño, un amor que sólo
entenderíamos nosotras y el amado, nadie más. Esa burbuja mágica en la que el
exterior no cabe. Soñábamos con ser llama y flecha y motivo y luz y oscuridad y
remanso y manantial y torrente, todo al mismo tiempo. Vivir esas historias que
sólo traen las noches de bohemia, esas que se guardan en el mejor lugar de la
memoria para ser contadas a las nietas para que sepan que no siempre fuimos
estas abuelas que seremos, para que sepan que vivimos la vida y que entre ellas
y nosotras no hay tal diferencia y principalmente, para recordarnos a nosotras
mismas que no todo fue en vano, que vivimos, que inspiramos canciones y poemas
y cortos o películas (o al menos fuimos las que sonreíamos mientras los veíamos
crear o tocar, o declamar y destapábamos las botellas y asentíamos y
soportábamos los períodos de frustración creativa o los guiábamos en sus
procesos y los retábamos a mejorar o éramos inspiradas también y creábamos lo
propio), recordar que fuimos parte de algo importante, que vivimos.
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